Te cuento cómo la incertidumbre sobre el estado de sus viviendas está agravando la salud mental de los cientos de evacuados por el gran incendio que desde el jueves afecta al suroeste de la Comunidad de Madrid. Según los testimonios recogidos por el diario El Mundo entre los afectados, la falta de información sobre si sus casas han sido arrasadas por las llamas se ha convertido en un castigo psicológico adicional mientras permanecen en los centros de acogida habilitados.
El polideportivo Miguel Delibes de Villaviciosa de Odón acoge a 225 vecinos de Pelayos de la Presa y ChapinerÃa desde la madrugada del viernes. AllÃ, matrimonios como el formado por Luz y Carlos, llegados a Madrid hace tres años desde Perú, relatan el desgaste anÃmico que sufren. “No sabemos nada, tenemos cero información sobre si nuestra casa es una de las quemadas, o no”, exponÃan a este diario. Para la pareja, la angustia se suma a la pérdida de recuerdos: “Tenemos toda nuestra vida ahà dentro, nuestras fotos y recuerdos. La incertidumbre nos está matando”, añadÃa Luz.
Testimonios desde los pabellones: entre el optimismo y la angustia
La situación en los albergues temporales dibuja dos caras. Por un lado, la entereza de vecinos como Agapita, de 82 años, que tras negarse inicialmente a evacuar, ahora se refugia en la fe. “Soy muy creyente y hoy es Santiago Apóstol. Leo el himno al santo para mantenerme optimista”, confiaba a El Mundo. Su marido, Félix, de 90 años, también fue trasladado con ella. Solo pudieron coger las medicinas en la desbandada, aunque confÃan en que su parcela no haya ardido porque siempre la han mantenido limpia.
La visita del obispo auxiliar de la Diócesis de Getafe, monseñor José MarÃa Avendaño, trató de ser un bálsamo en medio del caos. “Busco transmitirles que no están solos. Quiero que sientan que hay un corazón que sufre y late con ellos”, declaró durante su recorrido por las camas y los rincones del polideportivo.
La peor noticia: la confirmación de la pérdida total para algunos
Mientras la mayorÃa convive con la duda, varios afectados ya han recibido la comunicación oficial que menos deseaban escuchar. David, uno de los vecinos de ChapinerÃa alojado en el centro cultural de Brunete, supo que su vivienda habÃa sido arrasada por el fuego. La noticia, según otras personas evacuadas en ese mismo espacio, ha supuesto un golpe difÃcil de encajar, aunque el hermetismo inicial no les impidió agradecer la ola de solidaridad.
En Brunete, el matrimonio formado por Gabriel y Emilia respira con algo más de alivio parcial: “Nos han dicho que ninguna casa ha sufrido daños, y eso me tranquiliza”, señalaba ella. La pareja habÃa salido tan rápido de ChapinerÃa que solo pudieron rescatar a dos gatos, dejando atrás a otros dos y, según el tono bromista del marido, incluso a él se le olvidó coger las medicinas. Emilia, sin embargo, destaca el trato “exquisito” recibido: “El cátering es de alta calidad, nos han puesto hasta salmón”.
El impacto en la salud mental: el castigo de la incertidumbre
Profesionales sanitarios desplazados a los centros no han emitido aún un balance clÃnico, pero los testimonios apuntan a un deterioro palpable. “Hay quien se lleva bolsas enteras de ropa o productos de aseo donados para no tener que hacer la compra en meses. Eso tampoco es. No deberÃan abusar”, criticaba Nati, de 78 años, que convive en Brunete con el estrés colectivo. La imposibilidad de contactar con familiares por los fallos en las comunicaciones agrava la situación, como en el caso de Cristóbal, que pasó una noche en una obra abandonada antes de llegar al polideportivo tras ser rechazado en Navas del Rey.
La falta de certeza sobre el futuro de sus hogares se ha convertido en uno de los principales factores que desgastan psicológicamente a los evacuados, según los testimonios recogidos.
Las autoridades locales mantienen operativos los puntos de acogida y la ayuda humanitaria continúa llegando, pero la salud mental de quienes todavÃa no saben si tendrán un sitio al que regresar se perfila como una de las secuelas más duraderas de este incendio.








